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domingo, 15 de septiembre de 2013

El artista

Estaba dicho, Ernesto no pintaría ni uno más de los astros que afloran el firmamento. La situación era cada vez más difícil; cada persona que ha girado indómitamente por este mundo ha optado, sea por melancólica necesidad, sea por  libre albedrío, por apropiarse  sin más de una de sus pequeñas obras de arte que con tanta dedicación y esfuerzo había él imaginado en su proceso creativo, para luego con aún más ímpetu empeñarse en materializar, y ante esto, naturalmente,  le crecía un disgusto rapante que acabó por manifestarse en una singular huelga creacionista.
Ernesto no era un creador de esos egoístas; al principio se deleitaba de ese instinto humano de absorber para sí el conocimiento universal, dejando de lado incluso las necesidades e instintos, sin duda idénticos, de sus congéneres. Era, solía pensarlo, como el drama plausible e inevitable que surge entre dos gatos hambrientos por un vivo y jugoso bocado en medio de ambos, que acababa por dejar un vencedor y dos tristes perdedores, uno en definitiva más afortunado que el otro. Sin embargo, luego de milenios de idas y vueltas, de ver al hombre cada generación más ensimismado, más alejado de su especie como un todo, menos interesado en la estrella per se y más en el arraigo consumista de "una estrella más", se le fue formando un volcánico furor contra la humanidad.
Este volcán, que era ahora su eterno ser, se había tornado un éter vengativo y presurizado, con la apocalíptica y poco valorada habilidad de crear las estrellas más hermosas y fatales  que cualquier ente en todo su universo hubiese podido siquiera imaginar. La pacífica huelga que ostentaba Ernesto desde hacía unos mil años habíase dilatado a tal extremo que había adquirido los más oscuros e intransitados tintes del odio y por tanto había dejado ya su calificativo para transmutarse en justamente lo contrario.
Como tuvo que hacerlo a finales del Cretácico, como suelen conocerlo los humanos, con esa otra especie reptante y egoísta, surgió en su mente inmortal la más perfecta de sus creaciones:
Un día cualquiera en la mísera vida de un hombre cualquiera, en el infertil cielo de la Tierra se vió asomar el rostro ardiente e inmaculado del más amado de sus hijos asteroides. El humano regresaba por fin al polvo.
Ernesto aplaudía frenéticamente.






jueves, 29 de diciembre de 2011

El día que fue libre


Imagen tomada de http://www.clairvision.org/
El sol quemó sus ojos. Sus manos lentamente comenzaron a recordar como deslizarse a través del viento que se colaba por la ventana. Abrió su boca pero en un principio solo salió aire. Con mucho esfuerzo logró retomar el control de sí mismo mientras arrancaba desesperadamente de  su garganta las palabras que por casi diez años había querido gritar
- ¡Estoy... vivo!

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La Caída de Pakaxa


Imagen tomada de: http://trabajonoviembrediana.blogspot.com

Coquiba los vio llegar desde lejos. Nunca había visto algo parecido.  Desde donde estaba pudo notar sus pieles pálidas y sus cabellos brillantes como el maíz al sol.
Entonces contempló las bestias, casi de su tamaño, del color de la tierra, abriéndose el paso entre la maleza. El miedo se apoderó de su alma, estuvo congelado por un instante y luego volvió en sí.
Supo que debía acercarse, como líder de su gente, tenía que  averiguar de qué se trataba.
Al verlo llegar ellos se detuvieron. Comenzaron a hablar en lenguas extrañas mientras lo señalaban.
Coquiba les dio la bienvenida a Pakaxa, su hogar, pero no obtuvo respuesta. Los miró detenidamente, tenían cubierto todo su cuerpo y en sus manos llevaban unas lanzas bastante raras, eran más brillantes y cortas que las suyas y tenían una forma bastante distinta.
Parecían asustarse cada vez más. Él trató de tranquilizarlos, trató de explicarles que no debían temer, pero nuevamente no le entendieron.  Aún no terminaba cuando uno de ellos lo señaló con su lanza. Se escuchó un golpe seco en el aire, entonces la conmoción se esparció de choza en choza como si se tratara  de un incendio. Fue como un trueno en las noches lluviosas, pero El Gran Tialoc aún no había bendecido su tierra con el agua del cielo.
Inmediatamente Coquiba se vio tumbado  por una una fuerza imponente, estaba confundido. Empezó a sentirse débil. Tocó su pecho... estaba sangrando.
Su última gran hazaña como cacique fue gritar con todas sus fuerzas para que su gente se escondiera.

domingo, 23 de octubre de 2011

En Silencio



 Para Andrés el mejor amigo de un hombre no era ningún animal sino su propia sombra. Él solía sentarse en un sofá y su amiga siempre lo acompañaba. Tomaban whisky juntos. Andrés hablaba y su sombra parecía entenderlo a la perfección. 
Tal vez por eso fue que ella no hizo nada para detenerlo aquella noche. Tal vez fue por eso que no lo juzgó con desaprobación  ni protestó por la docena  de  pastillas, sólo se quedó callada. Esa misma noche, fue tan grande  su amistad  que Andrés no quiso irse  solo y al apagar la luz, descansaron juntos para siempre.



martes, 27 de septiembre de 2011

Cuento: Guerrero



El ruido de la máquina devolvió su mente al asiento donde se encontraba, antes de eso divagaba en cómo el humo parecía formar palabras de despedida, palabras que él no pudo escuchar.
Dentro del tren tenía su nido el silencio, todos los pasajeros se miraban entre sí o desviaban su vista al paisaje que estaban por dejar, pensando quizás lo mismo que él.
De esta forma comenzó el viaje y el joven sintió que su esqueleto se quedaba en aquél lugar, se sintió incompleto. Sabía que el frío de los asientos no era siquiera comparable con el vacío y la incertidumbre que albergaba. En su pensamiento poeta las voces cobraban vida en forma de palabras que él mismo se encargaba, casi de manera autómatica, en convertir en tinta en su pequeña libreta que siempre le hacía compañía.

“Quiero que mi angustia sea pasajera
que viaje en tren de estación en estación
y se aleje humeante de mi pecho.”

Entonces soltó su pluma, cerró sus ojos y pensó en un rostro, durmiendo entre sus costillas, justo al lado de esa bomba de sangre que lo mantenía aún con vida, para su desgracia.
De nuevo su trance fue interrumpido, esta vez el tren parecía gritar su nombre mientras avanzaba por la llanura y se adentraba poco a poco en la oscuridad de la noche.
No podía dejar de pensar en esos ojos brillantes y tenues como la brisa. Sentía una profunda impotencia al recordar cómo había obtenido el pasaje a esa máquina infernal en la que se encontraba y en cómo no había tenido tiempo ni para decir adiós a los labios que tanto lo extrañarían.
El viaje se había extendido ya por varias horas. Horas en las que la desdichada alma no podía sino golpear su cabeza contra el vidrio de la ventana, tratando de convencerse a sí mismo que sólo era un sueño y que así despertaría o al menos estaría lo suficientemente atontado para alivianar la carga de pena que sostenía.
El tren pareció detenerse y entonces como un trueno en seco se escuchó la voz de un hombre, una voz altanera, despiadada. El joven sin embargo no logró entender nada, solamente siguió el rastro que dejaban las huellas de los demás hombres.
Ya no era él. El ambiente pesaba tanto sobre sus hombros que caminar se hacía una proesa.
Su habitación era grande, pero no era sólo suya. Treinta camarotes, quince de cada ala,   lo recibieron. En su cama como en todas las demás había únicamente lo indispensable: una almohada, una sábana y por supuesto... un fusil.


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Ojalá en este mundo hubiera menos soldados y más poetas.


martes, 2 de agosto de 2011

Cuento: Atrapado

Abrí mis ojos, pero la oscuridad de la noche no me dejaba distinguir el entorno que me rodeaba. El suelo estaba húmedo como si una fuerte lluvia hubiera azotado hace poco aquél lugar extraño en que me encontraba.
El sentido comenzó a regresarme tras mi desvanecimiento, empezaba a sentir el profundo frío que maltrataba mi cuerpo. Con mucha dificultad conseguí levantarme, sólo para presenciar gracias a la poca luz proveniente de la luna que se filtraba por entre los árboles, que me encontraba en una especie de bosque. A mi alrededor no había más que ramas, hojas y una gran cantidad de vegetación que se unía con aquella oscuridad y todo aquello se convertía en una tétrica escena que penetraba de un inmenso terror mis huesos haciéndolos temblar como si estuviera siendo sacudido por alguien más, sin embargo me encontraba solo.
Mi instinto me dictaba averiguar dónde me encontraba y por esto no había prestado atención a algo mucho más evidente. Mi pecho estaba cubierto de sangre tan roja y viva que parecía brillar bajo la luz de la luna. Mis pies reflejaban una intenso maltrato producto de un largo recorrido que luego pude comprobar por las marcas de mis huellas en el barro.
Habiendo recuperado ya, casi en su totalidad, mi aliento reuní todas mis fuerzas en recordar que había pasado y así averiguar de alguna forma en qué infernal lugar me encontraba.
Me costaba aún respirar, sentía un profundo dolor en la parte superior de mis espalda . Lentamente y con mucho temor llevé mis manos hacia ese lugar donde me parecía que habitaban intensas fogatas que ardían y quemaban mi piel, para dar cuenta de lo que ya sospechaba: tenía cuatro heridas, por lo que pude palpar tan largas como mi antebrazo de las cuales brotaba una sangre oscura que contrastaba violentamente con la de mi pecho.
Al principio no podía recordar más que una luz indescriptiblemente brillante, un destello cegador que cubría toda mi memoria, pero conforme pasaban los segundos y el viento empezaba a aumentar su soplido lo fui recordando:
Me encontraba en una excursión de carácter científico en la exuberante y desolada isla de Itra al norte de Baritei, en busca de nuevas especies vegetales que habitaban – según se decía - aquél famoso lugar. Una tarde, tras cuatro días de expedición y ningún resultado que valiera la pena mencionar, me consumí en el interior de una espesa selva, hipnotizado por los brillantes colores de las hojas de algunas plantas que me conseguía identificar, hasta que empezó a oscurecer. Un inmenso silencio se apoderó de aquél lugar, ni siquiera se percibía el ruido de los animales típico de una selva como esta, era como si todo ser viviente se hubiera alejado tan rápido como pudo y quedara sólo yo en medio de tanta extrañeza que se empezaba a convertir en una escena terrorífica.
Un rugido atroz como nunca había escuchado tal, resonó por todo el ambiente como si una bestia estuviera cerca, merodeando en busca de su alimento. Los árboles a la distancia comenzaron a mecerse, se escuchaban retumbos de patas golpeando con fuerza el suelo. La bestia se acercaba cada vez más, como olfateando mi sangre. Entonces me paralicé, no podía mover un sólo músculo de mi cuerpo. La sentía cerca, tan cerca pero no podía verla hasta que una ola de estupor recorrió mi espalda, recordé sentir como unas garras se incrustaban en ella desangrándola. Entonces un valor inexplicable me invadió y tomando mi cuchilla para muestras me di vuelta e incrusté el costado del animal en un par de ocasiones. No se podría explicar con palabras el aspecto de aquella monstruosidad; la criatura que medía mas de dos metros de altura, tan oscura como la noche, se mantenía con dos patas en una postura casi humana, pero no había nada de este en sus enormes extremidades superiores que terminaban en aquella filosas garras que habían dejado su horrendo nombre en mi espalda.
La criatura pareció debilitarse ante las estocadas que le propicié a tal punto que cayó al suelo. Esto  me dio ventaja para correr con todas mis fuerzas lo más rápido que pude. La selva parecía conspirar en mi contra, las ramas de los árboles y de cuánta rareza vegetal que permanecía en el lugar parecían querer interponerse en mi camino. Tratando de detenerme como si formaran parte de una malévola conspiración. El barro producto de la lluvia que empezó a caer largaba mis pasos hasta que por la oscuridad, tropecé con una gran raíz que parecía nacer del suelo solamente con ese propósito y caí.

Esto era lo que había sucedido y hasta donde llegaba mi recuerdo, sentí un cierto grado de tranquilidad ya que después de haberme recuperado del desvanecimiento, el lugar donde me encontraba, por más escalofriante y solitario que parecía, se mostraba silencioso y por lo tanto la bestia debió haberse alejado. Al menos eso fue pensé hasta que aquél desgarrador rugido se volvió a escuchar por toda la selva. Una vez más emprendí la carrera por mi vida, aún estaba debilitado por la anterior persecución y las heridas de mi espalda dolían cada vez más. Mientras corría la lluvia había vuelto empapando mi rostro, a lo lejos logré divisar las luces de lo que me pareció un pequeño pueblo mientras que los rugidos de la bestia parecían alejarse. Con muy pocas fuerzas conseguí llegar al pueblo; mojado, herido y sin aliento para continuar caí desmayado ante la puerta de una choza de madera un segundo antes de que pudiera tocarla en un intento desesperado por obtener ayuda.
Una vez más la luz brillante se apoderó de mi y desperté en un lugar nuevamente desconocido. Conforme mi vista se desempañó comencé a temer haber sido  alcanzado por el enorme animal. Tenía una duda creciente de si me encontraba muerto. Sin embargo poco después sentí como me mantenía sujeto a una cama. Un cuarto sin ventanas me acogía. Me encontraba en el mismo lugar que aún hoy, después de 20 años de mi fatal suceso estoy. No se  como llegue aquí o si alguien  irá a leer o aún mas importante, creer, esta historia que escribo. El blanco de las paredes y el silencio que reinan en este lugar me reconfortan. Estoy atrapado pero al menos la bestia no me encontrará aquí.
Hospital Psiquiátrico de Emberg
18 de Octubre de 1823.

domingo, 31 de julio de 2011

Historia del Ciclo

Voló la noche en las alas
de un pájaro sin nido.
Mientras marchaba por el horizonte
un árbol cantaba su historia,
en sus ojos brotaban hojas,
hojas tenues como el agua.
Del suelo nacían manos
que buscaban sus talones,
pero voló la noche en su pájaro negro,
y el árbol se hizo semilla.

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuento: Bajo la Lluvia


Bajo la Lluvia

Es más fácil obtener lo que se desea
con una sonrisa que con la punta
de la espada.”

William Shakespeare.
 

Empezaba a llover. Era una noche de luna llena que iluminaba por completo la calle. El viento se encargaba de portar de niebla y frío a la familiar escena.
Como si se tratara de una persecución se escuchaban pasos  rápidos y  ligeros  de una persona que corría desesperadamente bajo la lluvia. Miraba hacia todos los edificios que se encontraban a la orilla de la calle, tratando de identificarlo. Todos los establecimientos estaban cerrados, parecía que se acercaba una tormenta y ya era bastante tarde.
Por fin lo divisó, entre una vieja panadería y una maltratada casa de adobe se encontraba lo que estaba buscando: un antiguo edificio de dos pisos con una gran puerta de un café muy oscuro. Se detuvo ante ella mientras las lágrimas invadían  su rostro. Se trataba de una hermosa joven de pelo negro y largo,  que indudablemente se encontraba en una gran tristeza. La muchacha tocó la puerta, y espero por una respuesta. Sin embargo aquél  edificio no ofreció ninguna. Su corazón se aceleraba, en su mente comenzaron a brotar los miles de recuerdos que no hacían mas que atravesar su ánimo como una espada. Recordó una vez más escuchar su voz. Se concentró en este su último recuerdo mientras tocaba la puerta por última vez.
La tormenta había llegado, en su rostro ya no se podían distinguir las lágrimas y las cataratas de agua del cielo que la atravesaban, con la cabeza baja y un hueco en su alma caminó unos cuantos pasos. Llegó hasta donde sus pies lo permitieron, ya no tenía fuerzas para continuar y cayó.
 ….
Desperté sudando frío. Todo aquello había sido un sueño, la mujer, los edificios, aquella calle tan familiar. Casi involuntariamente me asomé por entre las cortinas de mi  ventana. Era de noche, llovía. Aunque mi apartamento estaba justo enfrente de la calle, no había ningún ruido, probablemente por  la hora. Sin embargo algo me había  despertado. La lluvia golpeaba con fuerza el asfalto,  el viento arrasaba contra el techo de la casa del al lado. Una verdadera tormenta.
Miré hacia los lados de la cuadra, justo en la esquina estaba una joven sentada debajo de una lámpara, con las manos en su rostro húmedo y pálido. Me asusté; aquella mujer con su delicado cabello marchito por el frío de la lluvia, que se iluminaba de forma  intermitente por el brillo de los relámpagos de aquella tormenta, era la misma que había visto en mi sueño.
Sentía una enorme curiosidad, solamente comparada con la sensación de miedo que me producía esa escena. No podía creerlo. Me levanté de mi cama, atravesé rápidamente mi cuarto hasta llegar al baño. Lavé mi cara con el pensamiento de que mi mente sólo estaba completando el sueño que acababa de tener, imaginando cosas. Volví a asomarme por la ventana y… ¡Ahí estaba, era real!
Entonces lo comprendí todo, baje las escaleras, corrí desesperadamente hacia la puerta de mi apartamento. Una vez  afuera, la tormenta desapareció para mí. Lo único que mis sentidos percibían en ese momento era la joven  sentada, que al verme dirigirme hacia ella se puso de pie.
Aquellos 100 metros se me hicieron eternos, el tiempo parecía detenerse con cada paso que daba. Por fin la tuve  de frente, al verme sus grandes ojos  dejaron entonces de emanar lágrimas. Me miraba fijamente, me tomó de la mano mientras una gran sonrisa aparecía en su rostro.
-Te estaba esperando-dijo-. Pensé que nunca despertarías.

jueves, 14 de julio de 2011

Cuento: El regreso de Henry y Anastasio.

Las luces  estaban apagadas, era algo extraño dada la hora. El salón estaba vacío, frío, casi como si alguien hubiera muerto. Grandes  cortinas rojas llenaban por completo aquél sitio. En el centro yacía  un banco de madera añejada y sobre él una figura cuya sombra, a pesar de la poca luz que había en el lugar, se asemejaba a un niño.

Este niño estaba vestido de una manera algo peculiar, como sacado de una caricatura infantil. Sus zapatos eran negros relucientes. Llevaba un traje entero, bastante formal para la ocasión, del mismo color que sus zapatos y una pequeña corbata que combinaba muy bien con su corta edad.

Aquél sitio parecía una pintura. Las cortinas estaban quietas, delante del niño, congeladas en el tiempo a pesar de la brisa que se asomaba por las ventanas entreabiertas. El niño permanecía sentado en aquél banco, como pensativo. Sus ojos se mantenían fijos, viendo siempre hacia el frente como contemplando esa gran muralla roja de tela.

Un ruido seco, de puerta cerrando de golpe, se escuchó. Mientras las luces del salón encendían por completo, iluminando de especial manera el lugar en que se encontraba el niño y el banco.

– Hola amigo, tiempo sin verte –se escuchó  una voz saliendo de los labios envejecidos de un hombre, dirigida hacia el niño.

Este  hombre vestía de forma bastante diferente al niño: un pantalón verde que le quedaba un poco corto dejando ver su arrugada piel, calcetines blancos con coloridas figuras y una camisa que, como si esa fuera la intensión, parecía creada precisamente para un niño.

Hubo silencio una vez más mientras el hombre miraba al niño esperando por una respuesta.

–Hola, Henry ¿como estas? –por fin contestó el niño.
–Muy bien amigo. Espero que estés listo para hoy. Pero qué cosas digo ¡Claro que estamos listos!

Apenas terminaba Henry de decir estas palabras cuando, como si se encontraran en una salvaje selva, una multitud de voces y ruidos se escucharon de pronto en el salón, como si cientos de almas estuvieran ingresando a aquél lugar.

–No tengas miedo amigo –esta vez el viejo Henry parecía hablar con sí  mismo–. En unos minutos comenzará.

Efectivamente, fue sólo cuestión de veinte minutos para que aquello diera comienzo. Una suave melodía  empezó a escucharse mientras las grandes cortinas comenzaban lentamente a abrirse revelando, ante una  gran cantidad de miradas expectantes, al niño sentado en el banco y a Henry que se mantenía de pie a su lado.

Como si fuera su hijo, Henry levantó al muchacho quién, para su edad y estatura, era mucho más liviano de lo esperado y lo colocó sobre su regazo al mismo tiempo que se sentaba en el banco. Al niño no pareció incomodarle para nada el súbito cambio de posición. Por un momento volvió a reinar el silencio, las miradas permanecían fijas ahora en Henry mientras otro hombre se aparecía entonces en la escena.

–Damas y caballeros, niños y niñas. Con ustedes lo que tanto han esperado: Henry el ventrílocuo y su amigo el muñeco Anastasio.

domingo, 3 de julio de 2011

El hombre que espera (Cuento)

El hombre que espera...
Comenzaba a anochecer en la ciudad. Las luces de las casas y edificios empezaban a iluminar, como luciérnagas en una pradera, las ya vacías calles. Esta, la noche del 12 de julio, era particularmente fría. Una suerte de lluvia amenazaba con abalanzarse contra los árboles del Parque Central. A lo lejos, en una banqueta iluminada por una luz tenue e intermitente de lámpara, se encontraba un hombre con la cabeza baja. El viento golpeaba contra su ánimo. No parecía estar de muy buen humor, quizás era por el nudo en su garganta, o tal vez por las dos noches que llevaba sin moverse en ese mismo sitio.
El hombre se llamaba Rodrigo Martínez, pero para él eso ya había perdido importancia; no tenía hambre, ya habría mucho tiempo luego para comer. No tenía sed. Parecía que la noche lo había convertido en una estatua y sin embargo ahí estaba exhalando aún con dificultad, mientras el vaho producto del frío salía de su boca. Se encontraba solo, acompañado nada más que por una hoja de periódico del día anterior (que a su suerte le servía de cobija ante una noche tan helada) y una carta que mantenía aferrada a su mano, más por reflejo que por propia voluntad. Rodrigo tenía un trabajo, era abogado, al juzgar por su traje que inútilmente permanecía aún con él y su tenaz, pero con toda razón ya extinto, deseo de defender a los demás. Sin embargo, ni su nombre ni su trabajo podían sacarlo de la pena en que se encontraba.
La noche avanzaba y el hombre permanecía inerte en la banqueta. De vez en cuando, con un aire de impotencia y melancolía en su mirada, abría su mano para contemplar aquella carta que había recibo hace poco. Como todas y cada una de las veces que la veía, una lágrima nacía en sus ojos y bajaba por su pálido y herido rostro mientras con voz alta leía, como tratando de revivir para alguien más, esas ya difuntas palabras:
“Mi amor, se que llevo mucho tiempo lejos pero al fin en dos días regreso. Espérame en el mismo lugar de siempre. Te extraño”
08-07 AGZ
Al terminar la dolorosa nota, como una daga en su corazón, lo invadía de nuevo el recuerdo de ese día. Nadie podría describir el sentimiento del hombre al enterarse de esta gran noticia. Había estado esperando ese momento por casi un año y, aunque la carta tardó un día en llegar, estaba más cerca que nunca. Su espera terminaría.
Recordó que al amanecer salió de su casa y le pareció la mañana más brillante de todas. Ese era el día, su día. Y mientras caminaba se sintió el hombre más feliz. Una leve brisa jugaba con los árboles y él pensaba en el encuentro que intensamente había añorado, disponiéndose entonces a terminar los últimos 50 metros que lo separaban de su destino, de aquél lugar que tanto solía visitar hace casi un año y había sido testigo y cómplice de innumerables alegrías, cuando por fin a la distancia... la vio. Ella se dirigía, al igual que él, hacia el lugar pactado.
Recordó sentir que el corazón se salía imbatible de su pecho, sus pasos se hacían cada vez más largos y rápidos, su mundo pareció congelarse en una silueta caminante y...
Justo en esta parte del recuerdo algo bloqueó la mente del hombre, había un agujero en su memoria, un vacío negro y escalofriante que no conseguía descifrar. Lo siguiente que logró recordar quedaría grabado en él para siempre: despertarse en una desolada banqueta, con una inexplicable sensación en su pecho, una carta en su bolsillo y la imagen de una hoja de periódico, que recogió del suelo con un desgarrador miedo y que presintiendo lo que decía pero deseando con todas sus fuerzas estar equivocado, leyó:
Una vez más un conductor ebrio acaba con la vida de una persona inocente, una fresca juventud y una promisoria carrera acaba por una irresponsabilidad. Descansa en paz el abogado del pueblo Rodrigo Martínez”
Jeferson González Gómez