Las luces estaban apagadas, era algo extraño dada la
hora. El salón estaba vacío, frío, casi como si alguien hubiera muerto.
Grandes cortinas rojas llenaban por
completo aquél sitio. En el centro yacía
un banco de madera añejada y sobre él una figura cuya sombra, a pesar
de la poca luz que había en el lugar, se asemejaba a un niño.
Este niño estaba vestido de una
manera algo peculiar, como sacado de una caricatura infantil. Sus zapatos eran
negros relucientes. Llevaba un traje entero, bastante formal para la ocasión,
del mismo color que sus zapatos y una pequeña corbata que combinaba muy bien
con su corta edad.
Aquél sitio parecía una pintura.
Las cortinas estaban quietas, delante del niño, congeladas en el tiempo a pesar
de la brisa que se asomaba por las ventanas entreabiertas. El niño permanecía
sentado en aquél banco, como pensativo. Sus ojos se mantenían fijos, viendo
siempre hacia el frente como contemplando esa gran muralla roja de tela.
Un ruido seco, de puerta cerrando
de golpe, se escuchó. Mientras las luces del salón encendían por completo,
iluminando de especial manera el lugar en que se encontraba el niño y el banco.
– Hola amigo, tiempo sin verte –se escuchó
una voz saliendo de los labios envejecidos de un hombre, dirigida hacia
el niño.
Este hombre vestía de forma bastante diferente al
niño: un pantalón verde que le quedaba un poco corto dejando ver su arrugada
piel, calcetines blancos con coloridas figuras y una camisa que, como si esa
fuera la intensión, parecía creada precisamente para un niño.
Hubo silencio una vez más
mientras el hombre miraba al niño esperando por una respuesta.
–Hola, Henry ¿como estas? –por fin contestó el niño.
–Muy bien amigo. Espero que estés
listo para hoy. Pero qué cosas digo ¡Claro que estamos listos!
Apenas terminaba Henry de decir
estas palabras cuando, como si se encontraran en una salvaje selva, una
multitud de voces y ruidos se escucharon de pronto en el salón, como si cientos
de almas estuvieran ingresando a aquél lugar.
–No tengas miedo amigo –esta vez
el viejo Henry parecía hablar con sí
mismo–. En unos minutos comenzará.
Efectivamente, fue sólo cuestión
de veinte minutos para que aquello diera comienzo. Una suave melodía empezó a escucharse mientras las grandes cortinas
comenzaban lentamente a abrirse revelando, ante una gran cantidad de miradas expectantes, al niño
sentado en el banco y a Henry que se mantenía de pie a su lado.
Como si fuera su hijo, Henry
levantó al muchacho quién, para su edad y estatura, era mucho más liviano de lo
esperado y lo colocó sobre su regazo al mismo tiempo que se sentaba en el
banco. Al niño no pareció incomodarle para nada el súbito cambio de posición.
Por un momento volvió a reinar el silencio, las miradas permanecían fijas ahora
en Henry mientras otro hombre se aparecía entonces en la escena.
–Damas y caballeros, niños y
niñas. Con ustedes lo que tanto han esperado: Henry el ventrílocuo y su amigo el
muñeco Anastasio.