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domingo, 24 de julio de 2011

Metalurgia

I.
Tengo frío
por llenar de cobre
mis venas.

II.
Aunque trague
sal y pimienta,
día y noche,
no dejarán de triturarme
los plateados colmillos
de mis huesos.

III.
No duele la espada
que traspasa mis sentidos.
Simplemente me repugna
el olor  desgastado
de mis engranes.

IV.
Es tan eléctrico,
tan contradictorio
ser una máquina
y a la vez un hombre.

sábado, 23 de julio de 2011

El Nombre

Postrados en un asiento
de polvo
borramos los colores
de una pintura
de Picasso.
Hicimos un pacto
para conservar nuestra memoria
en una quimera de palabras
sin identidad.
Nuestras manos cerraron
el trato.
Y un beso lo condenó
a una fantasma
eternidad.

miércoles, 20 de julio de 2011

Inevitable

No me tienta el salto             
hacia el acantilado
del destino.

Pero caeré...
eso es seguro.

Haiku: Inseparable

Escalofriante
lago de las verdades...
¡Des-Inúndame!

lunes, 18 de julio de 2011

Espíritu del Viento

Desciendes en una palabra
ángel envuelto en vida
con manos de paz que palpitan
el largo sueño de mi piel.
Tus alas vibran
con la fuerza de dos truenos
revoloteando contra el frío
de mi cuerpo.
Tu voz casi mágica
decodifica la cerradura de un baúl
en mi pecho,
cubierto de ese herrumbre
propio del olvido.
Desatas con sólo una mirada
un verdadero mar de fuego
tan vivo como mi sangre,
que me consume  en letal danza
de cazador con su presa.
Como beso de la muerte,
en un enigmático vuelo
de sólo dos pasajeros
robas de un golpe certero
mi aliento.

sábado, 16 de julio de 2011

Gravedad

Se desploma el telón
ante la impotencia.
Cierra por siempre
el espectáculo.

Muere exhausto
el actor de la obra
que florecía en el desierto,
y saciaba la sed hecha
universo.

Cae todo el peso
de mil años
en una frágil noche
que no resiste,
como puente de paja,
o muro de polvo.

Que no hable el silencio.
Que no se atreva a convocar
al destino.
       ("Uno, dos y hasta tres
         -quizás más- fueron
        los presagios de pájaros negros.")
¡Porque no!
No hay más hoy
ni más mañana.

jueves, 14 de julio de 2011

Cuento: El regreso de Henry y Anastasio.

Las luces  estaban apagadas, era algo extraño dada la hora. El salón estaba vacío, frío, casi como si alguien hubiera muerto. Grandes  cortinas rojas llenaban por completo aquél sitio. En el centro yacía  un banco de madera añejada y sobre él una figura cuya sombra, a pesar de la poca luz que había en el lugar, se asemejaba a un niño.

Este niño estaba vestido de una manera algo peculiar, como sacado de una caricatura infantil. Sus zapatos eran negros relucientes. Llevaba un traje entero, bastante formal para la ocasión, del mismo color que sus zapatos y una pequeña corbata que combinaba muy bien con su corta edad.

Aquél sitio parecía una pintura. Las cortinas estaban quietas, delante del niño, congeladas en el tiempo a pesar de la brisa que se asomaba por las ventanas entreabiertas. El niño permanecía sentado en aquél banco, como pensativo. Sus ojos se mantenían fijos, viendo siempre hacia el frente como contemplando esa gran muralla roja de tela.

Un ruido seco, de puerta cerrando de golpe, se escuchó. Mientras las luces del salón encendían por completo, iluminando de especial manera el lugar en que se encontraba el niño y el banco.

– Hola amigo, tiempo sin verte –se escuchó  una voz saliendo de los labios envejecidos de un hombre, dirigida hacia el niño.

Este  hombre vestía de forma bastante diferente al niño: un pantalón verde que le quedaba un poco corto dejando ver su arrugada piel, calcetines blancos con coloridas figuras y una camisa que, como si esa fuera la intensión, parecía creada precisamente para un niño.

Hubo silencio una vez más mientras el hombre miraba al niño esperando por una respuesta.

–Hola, Henry ¿como estas? –por fin contestó el niño.
–Muy bien amigo. Espero que estés listo para hoy. Pero qué cosas digo ¡Claro que estamos listos!

Apenas terminaba Henry de decir estas palabras cuando, como si se encontraran en una salvaje selva, una multitud de voces y ruidos se escucharon de pronto en el salón, como si cientos de almas estuvieran ingresando a aquél lugar.

–No tengas miedo amigo –esta vez el viejo Henry parecía hablar con sí  mismo–. En unos minutos comenzará.

Efectivamente, fue sólo cuestión de veinte minutos para que aquello diera comienzo. Una suave melodía  empezó a escucharse mientras las grandes cortinas comenzaban lentamente a abrirse revelando, ante una  gran cantidad de miradas expectantes, al niño sentado en el banco y a Henry que se mantenía de pie a su lado.

Como si fuera su hijo, Henry levantó al muchacho quién, para su edad y estatura, era mucho más liviano de lo esperado y lo colocó sobre su regazo al mismo tiempo que se sentaba en el banco. Al niño no pareció incomodarle para nada el súbito cambio de posición. Por un momento volvió a reinar el silencio, las miradas permanecían fijas ahora en Henry mientras otro hombre se aparecía entonces en la escena.

–Damas y caballeros, niños y niñas. Con ustedes lo que tanto han esperado: Henry el ventrílocuo y su amigo el muñeco Anastasio.