Prólogo
Antes de
comenzar con esta extraña historia, pensemos un momento en nuestra mente. Sí, puede
parecer un poco abstracto el hecho de pensar en eso que produce el pensamiento,
pero tratemos por un segundo de hacerlo. ¿Qué es lo controla nuestra mente?...
¿Qué pasaría si todas las mentes alrededor del mundo, como en una gigantesca
cuidad, estuvieran conectadas unas con otras como calles y avenidas en un nivel
tan subconsciente que no pudiéramos ni siquiera darnos cuenta? Puede sonar un
poco absurdo, pero dejemos de lado las limitaciones de eso que consideramos la
“realidad” por un momento. Si esto fuera así, sería lógico razonar en que debe
existir una manera consiente de atravesar esa gran cuidad. Una forma, si así se
quisiera, de viajar por cada una de esas calles y avenidas a nuestro gusto y
visitar la mente de otra persona o
quizás hacer algo más macabro...
Debo confesar
que esta narración, más que un sinnúmero de palabras sutilmente organizadas y, de
alguna forma, estilizadas, se empapa completamente del escalofriante lago de la verdad. No hay persona
que desee más que yo mismo que esta aberración de relato sea igual del falso
que esas narraciones fantásticas sobre teorías conspiratorias, de códigos
enterrados en billetes y oscuros encubrimientos gubernamentales. Sin embargo,
desafortunadamente para mí, no lo es.
I. Narcosis Nocturna Kinética.
Hace ya un año
de la serie de acontecimientos que cambiarían por completo el rumbo de mi vida.
Siempre fui una persona tranquila. Siempre traté de mantenerme pasivo ante eso
que la demás gente llamaba lo “paranormal”. No es que sea una persona cerrada, escéptica.
Todo lo contrario; la mente siempre me ha parecido un majestuoso misterio, un
laberinto indescifrable que perfectamente puede ser capaz de crear monstruos y
espantos, de la misma forma que encontrar la cura a terribles enfermedades que afectan al hombre. La
realidad, por otro lado, siempre me pareció una burda subjetividad: ¿qué tan
posible es que las miles de millones de mentes en todo el mundo observen el
universo de una única forma y que esta sea idéntica para todos?
Muchas noches pasaba sobre mi desordenada cama meditando sobre estos temas: la realidad, la mente, la materia e inevitablemente la energía; reuniéndolos todos en esa fantasiosa quimera de fenómenos denominados por algunos fanáticos del medio como “El poder de la mente”. Me fascinaba esta idea. Recuerdo obsesionarme con libros y sitios web en los que juraban enseñar los artes psíquicos, academias virtuales para aprender a manejar la mente y de esta forma controlar el entorno. Vagaban así en mi pensamiento imágenes de bolas de energía, viajes astrales, telekinesis,
pyrokinesis, las famosas psi-wheels (una especie de molino de viento, de fabricación totalmente casera, mediante el cual un rectángulo de papel doblado en forma de una carpa de circo giraba únicamente por la fuerza de la mente de la persona que lo estuviera tratando de controlar), entre otras técnicas y artilugios para dominar estos verdaderamente secretos artes.
Lo sé, la simple
idea de imaginarme en mi cama, a oscuras, tratando con todas mis fuerzas, como
si mi vida dependiera de ello, de crear una bola de energía azul (había leído
de que se les podía dar color inclusive) que jugara suavemente en mis manos,
hacia arriba y luego abajo, girando al ritmo de La 9ª Sinfonía de Beethoven,
puede parecer simplemente hilarante. Sin embargo, en retrospectiva, puedo
asegurar que lo que estaría por suceder no sería para nada gracioso.
Una de esas tantas noches de entrenamiento mental, por llamarlo de algún modo, estaba una vez más tendido en mi cama, mirando fijamente hacia un costado de ella en donde, en un viejo banco reposaba mi, ya azotado por el tiempo, celular. Esta vez intentaba de moverlo hacia mí, utilizando naturalmente el poder de mi mente. Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer,
como si me avergonzara de ello, buscaba en la física una explicación racional que me sirviera como base y apoyo de confianza y así mover el bendito aparato.
Una de esas tantas noches de entrenamiento mental, por llamarlo de algún modo, estaba una vez más tendido en mi cama, mirando fijamente hacia un costado de ella en donde, en un viejo banco reposaba mi, ya azotado por el tiempo, celular. Esta vez intentaba de moverlo hacia mí, utilizando naturalmente el poder de mi mente. Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer,
como si me avergonzara de ello, buscaba en la física una explicación racional que me sirviera como base y apoyo de confianza y así mover el bendito aparato.
Recuerdo
convocar a Newton quién probablemente se revolcaba de la risa en su tumba, al
ver que yo trataba de usarlo para explicar algo tan tonto:
I. “Todo cuerpo
persevera en su estado de reposo a no ser que sea obligado a cambiar su estado
por fuerzas impresas sobre él.” Tenía lógica, requería de una fuerza para mover
el celular hacia mí o sino permanecería ahí para siempre. Esa fuerza tenía que
salir de mi mente.
II. “El cambio
de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la
línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime”. Fuerza igual a
masa por aceleración.
Miraba fijamente
al celular como si ya no perteneciera al banco, como si no tuviera atadura
alguna. Lo ubiqué simplemente ahí, flotando en el universo, expectante a que lo
controlara. Fuerza igual a… fuerza…masa… energía. No terminaba aún mi mente de
divagar cuando una gota de sudor helado recorrió mi espalda, una sensación de
escalofrío cubrió por completo mi cuerpo, un frío estremecedor se apoderó de
mis huesos mientras miraba completamente horrorizado aquella escena. Se movía. No
lo había tocado y ahí estaba el celular girando sobre sí mismo, a mi voluntad. Como
si estuviera de alguna manera conectado con mi mente, no necesitaba pensar en
moverlo, simplemente se movía como si fuera uno de mis brazos o pies. No podía
creerlo, aquello era tan surreal que si en ese momento el aparato me hubiera
hablado no lo hubiese visto nada extraño y sin embargo, estaba sucediendo.
II. El Primer viaje.
Las ocupaciones de la universidad me consumían todas las mañanas, por lo que no podía practicar mi nuevo pasatiempo de día. De este modo, la noche siguiente a la que se dio el extraño suceso con el celular, me postré una vez más, como arquitecto en su oficina, en mi cama con la intensión de realizar esta vez algo diferente.
Eran las 11 de
la noche, en mi casa ya no estaba despierta un alma. Mi cuarto, lo suficientemente
grande para albergar sólo a mi cama, estaba completamente oscuro, la única luz
que emanaba de aquél lugar, era el brillo de mis ojos que se mantenían fijos en
la palma de mi mano. Fui testigo entonces de otro maravilloso acontecimiento. Como si se tratara de un sueño, había
conseguido tras varias horas de arduo esfuerzo que una pequeña esfera de “algo”
azul girara en mi mano, no podría describir bien de qué estaba hecha. Parecía formada
de muchos hilos, de tonalidad suave, unos
gruesos y largos, otros más bien delgados y cortos, que se unían para consolidar
un cuerpo de energía transparente que parecía brotar de la palma de mi mano y
crecía cada vez más.
La esfera era
ahora casi del tamaño de mi cabeza y no parecía dejar de crecer. De alguna
forma esta energía azul parecía debilitarme. Estaba asustado, nunca había
experimentado con este tipo de situación. La esfera seguía creciendo y ahora ya
me cubría por completo. Una extraña sensación se apoderó entonces de mi cuerpo.
Empecé, casi contra mi voluntad, a imaginarme volando. Me sentí ligero como el
viento, cerré mis ojos y me dejé llevar. No podía ver nada, sin embargo, me
sentía como dentro de una espiral, que me hacía girar suavemente hacia su
centro. Estaba demasiado asustado como para abrir mis ojos, cuando de un súbito
golpe me había detenido.
Un intenso frío
logró que abriera mis ojos. No podía creerlo ya no me encontraba en mi cuarto
sobre mi cama, por el contrario lo que pude ver me dejó paralizado. Me
encontraba rodeado de miles de esferas de diferentes tamaños y colores que se
movían en todas direcciones, justo como la que yo había logrado crear minutos
antes en mi cuarto. Aquél lugar no se parecía nada que hubiera visto antes, no
había piso, ni techo. No existían paredes, casas, calles o edificios. Todo lo
que se podía apreciar eran las miles o millones (ya no estaba seguro) de
esferas de colores moviéndose; entrando y saliendo de y hacia algo que parecía portales de algún tipo con tenía forma de
puertas circulares compuestas al igual que las entidades de una especie de energía.